Algunos de nosotros, Che,
abandonamos el amor por los pobres que, hoy, se multiplican en la patria
grande latinoamericana y en el mundo. Dejamos de guiarnos por los grandes
sentimientos de amor para ser absorbidos por estériles disputas
partidarias y, a veces, hicimos de amigos enemigos, y de los verdaderos
enemigos, aliados. Minados por la vanidad y por disputar espacios políticos,
ya no traemos el corazón encendido por las ideas de justicia. Ensordecimos
ante los clamores del pueblo y perdimos la humildad del trabajo de base
y, ahora, esbozamos vagas utopías para juntar votos.
Cuando el amor se enfría,
el entusiasmo disminuye su pasión y la dedicación decae.
La causa, como pasión, desaparece, al igual que el romance entre
una pareja que ya no se ama. Lo que era -nuestro- suena como -mío-
y las seducciones del capitalismo minan los principios, transmutan valores,
y si aún proseguimos en la lucha es porque la estética del
poder ejerce mayor fascinación que la ética de servicio.
Desde donde estás,
Che, bendícenos a los que comulgamos con tus ideas y tus esperanzas.
Bendice también a los que se cansaron, se aburguesaron o hicieron
de la lucha una profesión en beneficio propio. Bendice a los que
tienen vergüenza de confesarse de izquierda y de declararse socialistas.
Bendice a los dirigentes políticos que, una vez que dejaron sus
cargos, nunca más visitaron una favela o apoyaron una movilización.
Bendice a las mujeres que, en casa, descubrieron que sus compañeros
eran lo contrario de lo que proclamaban afuera, y también a los
hombres que luchan por vencer el machismo que los domina.
Bendice a todos los que,
frente a tantas miserias que debemos erradicar de nuestra existencia, sabemos
que no nos queda otra posibilidad que convertir corazones y mentes para
revolucionar sociedades y continentes. Sobre todo, bendícenos para
que, todos los días, seamos motivados por grandes sentimientos de
amor, a modo de tomar el fruto del hombre y de la mujer nuevos.
Frei Betto